martes, 26 de agosto de 2008

Cormac McCarthy's Music Lesson

I recently read Cormac McCarthy's The Road. One thing seemed very important and, more than interesting, essential to the novel: its form. I refuse to call it "structure", it's a very stiff concept. This work is very telling of non-european art. Its narrative doesn't push, it's not propelled towards something, to the inevitable conclusion/resolution/return. It is not your customary introduction to a well-balanced situation that turns into a conflict that finally dissipates into tranquility (or even not the customary tragedy that builds up and explodes at the end).

It dwells. No tranquil world is presented at the beginning. Instead, it submerges the reader into an apocalyptic world that father and son roam, and that world doesn't change. Actually, they do have a destination, south. That's all we know, and it's not much more than what they know. We can't be sure what happened, why is the world in such condition. We don't even know their names. But none of it is important, and that's the beauty of it (or at least part of it). It dwells in the human condition, in the bare elements of our existence.

It might not have an evident structure (the edifice that sustains a plot or in which a plot develops), but there is form, of course. Sometimes confusion may arise when structure and content aren't distinctly presented, which is the case here. There's a naughty habit of dividing things abstractly (some think that's being professional). We see ourselves as mind and body (and sometimes soul). Supposedly, a work of art has form and substance. By now we should know that, just like time and space aren't two separate things, these divisions are mainly abstract ideas. Sure, sometimes it's helpful to do it so one can better understand something. But the problem is that, when this happens, things are seldom put back together. This mind-set has taken artists, for instance, to automatically approach their activities in such a manner.

McCarthy gives us a novel whose form is its depth. Although there is always a sense of urgency due to the context, he creates long periods of stability, but you know it can't go on like that forever. And it doesn't. Sudden changes erupt, making your heart pump blood faster.

But what happens when stability reigns supreme? Are we just bored to death waiting for something interesting to happen? No. And here McCarthy takes us into a different dimension. Imagine being asked to draw the way in which a play or a piece of music evolves. We might try to do it in a cartesian way: left to right, up and down. That's not the way The Road evolves. Remember, it dwells. And when something dwells, it either starts going somewhere else or it dies. Here a new dimension appears, depth. The way he approaches details, smells, materials, sounds, desolation, love, it's sometimes breathtaking. But to make way into a different dimension has the implicit responsibility of affecting the whole, not just a part. As I mentioned, there's an immersion into detail, and to immerse also means to change the temporal scheme. The new motion determines different rates and graduations of change, as if straight lines began to reshape themselves into complex curves, accelerating and decelerating more subtly. So the traditional juxtaposition of contrasting parts does not determine the form of this work (that I would call structure). There's a beautiful cohesion of form and content in The Road.

Which came first, the chicken or the egg, form or substance? Unlike the chicken problem, I'm glad to know that in art, while either can exist first, they can be one and the same, interacting simultaneously, like life.

In music this has been very hard to do, or so it seems. Academies tend to present music in a fragmented way. They seldom say that, for instance, harmony, form and orchestration are closely related. They fail to bring it all back together, so what's left is just an autopsy. Music often dies on their desks, and they seem satisfied to manipulate its remains.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Bla, bla, bla...


Knowledge speaks. Wisdom listens.
-- Jimi Hendrix.

No hace mucho participé en una mesa panel de compositores chihuahuenses. Asistí con cierta renuencia, desconfío de la validez de estos eventos. Antes de poder ser malinterpretado debo decir que no desconfío de la gente que los organiza, de hecho agradezco a quienes me invitaron en esta ocasión. Desconfío de los participantes.

Me adelanto de nuevo, no critico o pongo en tela de juicio a quienes van a hablar de su obra, yo lo hice, sino al hecho de sucumbir ante la seducción de hablar. Así es, hablar. Lo más fácil es hablar, y en este caso cargar de importancia las palabras por el sólo hecho de estar sentado a una mesa con el nombre al frente y una botellita de agua, lo cual los demás asistentes, los mortales, no tienen. En pocas palabras, esta situación da poder.

Eso sí, no confío en la gente que necesita y busca poder. Se puede pensar que poder es igual a tener mucho dinero y contacto con otros que tienen poder, pero no, la forma más sencilla de poder es imponerse a alguien más. Una persona que tenga aunque sea un poco de influencia sobre otra puede transformar la situación en una de poder (o por lo menos intentarlo). No es raro ver que esto suceda, por ejemplo, en el salón de clase.

¿Debe el autor hablar de su obra? Depende, pero creo que por lo general no. Usualmente es un acto de vanidad, y por lo tanto banal. El artista, el verdadero artista, no debe tener la necesidad de hablar sobre y explicar su obra.

Cometí el pecado: hablé de lo que no debí haber hablado. Me sentí incómodo y deshonesto al hacerlo. Limité mis palabras, pero no lo suficiente. ¿Por qué no? No era conciente de ello, no totalmente. De algún modo sentí que debía hablar, que debía explicarme. Pero me equivoqué. Las convenciones y los hábitos sociales nos hacen no cuestionar muchas cosas, entonces las hacemos pensando que así son y que están bien. Pero precisamente esa es una de las principales responsabilidades del artísta, cuestionar. Por lo tanto, sucumbir así es un acto de autonegación.

jueves, 31 de julio de 2008

Poetry 2

If we can agree that poetry is that which transcends language by means of language itself, then we can argue that poetry might be anything that transcends its own medium. So, in those terms, music can be poetry. I believe some music achieves this level, but not all, even if it's great music.

Poetry

If you call yourself a poet, don't just sit there. Poetry is not a sedentary occupation, not a "take your seat" practice. Stand up and let them have it.

-- From Poetry as Insurgent Art by Lawrence Ferlinghetti 

martes, 22 de julio de 2008

David

El pasado 13 de Julio nació nuestro hermoso hijo David. Pesó 2.9 Kg. y midió 49 cm. (al parecer son datos que interesan a la gente). Él y Karla se encuentan muy bien, así como el resto de la familia. Y acompañando este momento, días por demás agradables gracias a las lluvias.


sábado, 5 de julio de 2008

De cómo se ha utilizado el sonido

La música de origen europeo se fundamenta en relaciones sonoras. Vertical u horizontalmente, la asociación de sonidos da sentido, lógica, cohesión y significado a ese vasto conjunto de obras que conforman gran parte de nuestra tradición musical. La simultaneidad o la sucesión de estos sonidos, generalmente segmentados en la escala de medios tonos que conocemos, es el soporte a través del cual la música se construye, escucha y justifica, otorgando plena libertad de generar códigos que respondan a un sinnúmero de inquietudes artísticas o de otra índole.

En términos generales se puede decir que dicha música se asemeja a un ensamblaje, donde las partes que lo conforman son esenciales, pero sólo en el contexto relativo, esto es, en base a las relaciones que establecen. Así, la sonoridad conlleva una función simbólica, la cual, al unirse a otros símbolos, establece un significado, por lo menos lógico. La sonoridad, entonces, se subordina al mensaje, a su sintaxis.

De todas las posibles relaciones, la más significativa ha sido la interválica. Tanto la construcción armónica como la melódica han logrado cimentar desde una práctica común de varios siglos --la tonalidad--, hasta las mismas corrientes que buscaron continuar, disociarse e inclusive terminar con dicha práctica. Así mismo, otras prácticas del oficio composicional han reflejado esta tendencia, a la cual podemos llamar de apareamiento. La orquestación tradicional, por ejemplo, basa su esquema en el de la armonía, donde diferentes elementos se superponen conformando unidades, las cuales, siendo éstas resultado de relaciones verticales, se combinan de modo secuencial --horizontal-- con otras. Por otro lado, el Klangfarbenmelodie de la primera mitad del siglo XX, especialmente en la música de Anton Webern, propició una orquestación sustentada principalmente en la melodía, de modo que las asociaciones instrumentales, y por tanto tímbricas, aparecen desglosadas temporalmente.

La práctica del contrapunto muestra igual y claramente la norma básica del arreglo sonoro en la música de origen europeo. De hecho el mismo nombre, del latín contrapunctus, que se deriva de punctus contra punctum (nota contra nota), pone de manifiesto la práctica del apareamiento sonoro. De igual manera, las formas musicales, que muestran una estructuración análoga a la armónica (el A-B-A como un I-V-I, por ejemplo), muestran que para la mente desarrollada en o a partir de occidente, la conjunción de elementos diferenciados es esencial a su pensamiento, sea éste comparado con la construcción por bloques o con la ramificación.


Johann Sebastian Bach.

Gran parte de las tendencias composicionales más influyentes del siglo XX se enfocaron precisamente en el aspecto relacional, y por tanto racional, del sonido. No sorprende entonces que la atonalidad y el serialismo de Schoenberg y Webern, y posteriormente el serialismo integral de Boulez y Stockhausen, por citar algunos ejemplos, se asemejen más a prácticas contrapuntísticas donde se hace resaltar la combinatoria, ya sea interválica o de otros elementos, como parte esencial del arreglo musical. Este elemento guarda un vínculo estrecho con la música tonal tradicional, pero encuentra una marcada distancia en lo que a libertad sonora y, en consecuencia, de movimiento respecta. Mientras que para Mozart fue posible hacer una música fundamentada en el movimiento y la ligereza que éste requiere utilizando el sistema tonal, la música del serialismo parece estar petrificada. De ahí la sensación mecanicista de mucha de la música del siglo pasado, la cual sobrepasa en rigidez al más severo contrapunto de J. S. Bach. Desde luego que esto no va exclusivamente en detrimento de la música así realizada, pero sí propició la pérdida de elementos más flexibles e inciertos, los cuales dan una mayor naturalidad y soltura a la música. La línea y el trayecto se relegaron en favor del punto en el espacio. De ahí, podemos suponer, que la música del siglo XX cuente con tantos detractores, incluyendo a los mismos músicos.


Arriba: Wolfgang Amadeus Mozart. Abajo: Pierre Boulez.

miércoles, 25 de junio de 2008

Los momentos del agua

No se pierdan la presentación del libro Los momentos del agua de Jeannette L. Clariond, la cual se llevará a cabo en la Casa Siglo XIX (Juárez y Sexta 601, Chihuahua) el lunes 30 de Junio a las 20 horas.

La autora dará lectura a algunos de los poemas incluidos en el libro y habrá comentarios por parte de Enrique Servín y Alfredo Espinosa. Vale la pena (aunque en realidad mucha pena no hay).

lunes, 23 de junio de 2008

¿No es aburrido hablar de composición?

Casi siempre, pero esperemos que éste no sea el caso el viernes 27 de Junio, cuando se lleve a cabo el evento "Tendencias Contemporáneas de Composición en Chihuahua", como parte de las actividades de la Primer Semana Artística del Conservatorio. Dicho evento contará con la participación de algunos compositores que radican en la localidad y se llevará a cabo en la sala de conciertos del Conservatorio de Música de Chihuahua, a las 14 hrs.

Si te interesa, aunque sea poco, asiste y participa. Quizá logres sustraer o aportar algo relevante. Quizá.

jueves, 19 de junio de 2008

Multi/inter

Uno de los conceptos que ha mostrado gran desarrollo en el arte contemporáneo es el de la multidisciplina. Las barreras entre disciplinas artísticas se diluyen frecuentemente en obras o actos destinados a estimular los sentidos en conjunto. Desde luego esto no es nada nuevo, la ópera, por ejemplo, ya apuntaba en esta dirección y Wagner la lleva a otros niveles con lo que llamó Gesamtkunstwerk (obra de arte total o integrada). El movimiento Fluxus de la década de 1960, por citar otro ejemplo, contribuyó ampliamente en el desarrollo y esparcimiento de este fenómeno. Pero ahora la tecnología no sólo ha posibilitado este acercamiento creativo, sino que lo ha incentivado. Es común encontrar obras con elementos visuales, teatrales y musicales, por ejemplo.

Me parece que esta manera multidisciplinaria de hacer arte es relativa a factores culturales de gran peso en la actualidad. La multiculturalidad es un fenómeno que se percibe generalmente como bueno: la coexistencia de elementos diferenciados, en este caso de personas. Los Estados Unidos son el ejemplo más representativo. Pero una mirada social más a fondo nos muestra, además de las virtudes de este fenómeno, su esencia conflictiva, las fricciones inherentes en el contacto directo entre grupos cerrados. Lo mismo sucede con muchas de las obras que presentan dichas aspiraciones artísticas. Uno de sus elementos se impondrá sobre los demás, relegándolos inclusive a mero soporte, como la música de una película.

Por otro lado existe la interdisciplinariedad, donde una disciplina artística, artesanal, científica, humanista, o de otro tipo, influye directamente en el quehacer de otra. En música podemos mencionar, entre otros, los ejemplos de Iannis Xenakis y Morton Feldman. En el primero existía un flujo entre su pensamiento arquitectónico --y por ende espacial-- y el musical. El ejemplo clásico es su diseño compartido entre el Pabellón Philips (con Le Corbusier, 1958) y la obra Metastasis (1954) para orquesta.

Arriba: Pabellón Philips.
Abajo: Fragmento de Metastasis.




Feldman, por su lado, absorbe la esencia del trabajo pictórico de sus amigos que desarrollaron lo que se denominó el expresionismo abstracto en Nueva York en las décadas de 1950 y 60. En sus obras, Feldman transfiere la superficie plana (sin perspectiva) de dichas obras a paisajes sonoros sin relieves de intensidad de volúmen. Posteriormente, el mismo Feldman toma el modelo de los tapetes persas y turcos antiguos, resultando en una música constituida por la repetición y variación sutil de patrones y una extensión temporal de grandes dimensiones.


Arriba: Yellow, Red, Red (1954) de Mark Rothko. Abajo: Tapete turco (ca. 1870)

No estoy en contra de la multidisciplina, en absoluto. Sólo creo que el puro multi sin el inter augura un espléndido chile con queso.